Lof Che Pu Huayteka, 25 de enero de 2011.
COMUNICADO DE PRENSA
El viernes pasado la Comunidad Las Huaytekas recibió una notificación oficio intimando a sus miembros a mantener una tranquera vecinal abierta para el libre acceso del abogado José Luis Martínez Pérez, conocido e influyente especulador inmobiliario.
La Comunidad debe abstenerse “de cerrar la tranquera bajo expreso apercibimiento de disponer su inmeditata remoción”.
Esta ya es la segunda intimación emitida por la Justicia de Río Negro a pesar de constar en la causa los motivos por los cuales existe dicha tranquera. La misma fue colocada por la comunidad en el mes de junio cuando Daniel Krist, administrador de Silberberg, comenzó con trabajos de tala de alrededor de 100 has de bosque nativo y pino, precisamente en la margen Oeste del milenario Bosque de Las Huaytekas para construir un barrio privado destinado a petroleros.
En aquel entonces en Trawn, la comunidad decidió impedirle el acceso a este empresario con el único fin de defender y resguardar este importante territorio, donde se realiza cada año el KAMARUKO, ceremonia ancestral que reafirma el compromiso mapuche con la Mapu.
Evidentemente para el Juez Serra, quien ya dictaminó un desalojo (actualmente en suspenso) para la lof Palma Villablanca en el mes de diciembre, estas razones no son viables y encubiertamente avala:
-QUE el abogado Martínez Pérez continúe apropiándose de tierras fraudulentamente habilitándole el paso como si fuera “vecino”,
-QUE Daniel Kritz hostigue permanentemente a la comunidad con acciones como ingreso de materiales para el megaemprendimiento que pretende impunemente realizar, envío de una patota de 13 personas que intentó entrar por la fuerza hace pocos días, y continúas amenazas,
-QUE el Servicio Forestal Andino continúe con la tala indiscriminada de un coihual y demás bosque nativo en territorio de la comunidad.
Es decir, que la Justicia de Río Negro actúa a favor de los intereses inmobiliarios de polémicos empresarios y en desmedro de los derechos ancestrales que la comunidad posee sobre su territorio. Por lo que esta misma Justicia será la responsable, junto con estos empresarios, de toda acción que atente contra la integridad física de cualquier miembro de esta comunidad Mapuche.
Cansados de esperar JUSTICIA, o más bien, de recibir INJUSTICIA, la comunidad más fortalecida aún, continuará defendiendo su territorio apelando estrictamente al NOR FELEAL KA NOR MONGUEN propia del Pueblo Mapuche.
MARICI WEU, MARICHI WEU, MARICHI WEU, MARICHI WEU!
COMUNIDAD MAPUCHE LAS HUAYTEKAS
Programación
Martes 11hs en vivo por FM San Javier 90.1 Mhz , San Fernando y (repetición) miércoles 19hs por Radio Ideas
jueves, 27 de enero de 2011
viernes, 21 de enero de 2011
De La Simetría Interplanetaria
Apenas desembarcado en el planeta Faros, me llevaron los farenses a conocer el ambiente físico, fitogeográfico, zoogeográfico, político-económico y nocturno de su ciudad capital que ellos llaman 956.
Los farenses son lo que aquí denominaríamos insectos; tienen altísimas patas de araña (suponiendo una araba verde, con pelos rígidos y excrecencias brillantes de donde nace un sonido continuado, semejante al de una flauta y que, musicalmente conducido, constituye su lenguaje); de sus ojos, manera de vestirse, sistemas políticos y procederes eróticos hablaré alguna otra vez. Creo que me querían mucho; les expliqué, mediante gestos universales, mi deseo de aprender su historia y costumbres; fui acogido con innegable simpatía.
Estuve tres semanas en 956; me bastó para descubrir que los farenses eran cultos, amaban las puestas de sol y los problemas de ingenio. Me faltaba conocer su religión, para lo cual solicité datos con los pocos vocablos que poseía ¾ pronunciándolos a través de un silbato de hueso que fabriqué diestramente ¾. Me explicaron que profesaban el monoteísmo, que el sacerdocio no estaba aún del todo desprestigiado y que la ley moral les mandaba ser pasablemente buenos. El problema actual parecía consistir en Illi. Descubrí que Illi era un farense con pretensiones de acendrar la fe en los sistemas vasculares («corazones» no sería morfológicamente exacto) y que estaba en camino de conseguirlo.
Me llevaron a un banquete que los distinguidos de 956 le ofrecieron a Illi. Encontré al heresiarca en lo alto de la pirámide (mesa, en Faros) comiendo y predicando. Lo escuchaban con atención, parecían adorarlo, mientras Illi hablaba y hablaba.
Yo no conseguía entender sino pocas palabras. A través de ellas me formé una alta idea de Illi. Repentinamente creí estar viviendo un anacronismo, haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gestaban las religiones definitivas. Me acordé del Rabbi Jesús. También el Rabbi Jesús hablaba, comía y hablaba, mientras los demás lo escuchaban con atención y parecían adorarlo.
Pensé: ¿Y si éste fuera también Jesús? No es novedad la hipótesis de que bien podría el Hijo de Dios pasearse por los planetas convirtiendo a los universales. ¿Por qué iba a dedicarse con exclusividad a la Tierra? Ya no estamos en la era geocéntrica; concedámosle el derecho a cumplir su dura misión en todas partes.
Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. «Qué tremenda tarea», pensé. «Y monótona, además. Lo que falta saber es si los seres reaccionan igualmente en todos lados. ¿Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón..?»
Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante ¡Clavar en un madero al hijo de Dios..!
Los farenses, para mi completa confusión, aumentaban las muestras de su cariño; prosternados (no intentaré describir el aspecto que tenían) adoraban al maestro. De pronto, me pareció que Illi levantaba todas las patas a la vez (y las patas de un farense son diecisiete). Se crispó en el aire y cayó de golpe sobre la punta de la pirámide (la mesa).
Instantáneamente quedó negro y callado; pregunté, y me dijeron que estaba muerto.
Parece que le habían puesto veneno en la comida.
Julio Cortázar
Los farenses son lo que aquí denominaríamos insectos; tienen altísimas patas de araña (suponiendo una araba verde, con pelos rígidos y excrecencias brillantes de donde nace un sonido continuado, semejante al de una flauta y que, musicalmente conducido, constituye su lenguaje); de sus ojos, manera de vestirse, sistemas políticos y procederes eróticos hablaré alguna otra vez. Creo que me querían mucho; les expliqué, mediante gestos universales, mi deseo de aprender su historia y costumbres; fui acogido con innegable simpatía.
Estuve tres semanas en 956; me bastó para descubrir que los farenses eran cultos, amaban las puestas de sol y los problemas de ingenio. Me faltaba conocer su religión, para lo cual solicité datos con los pocos vocablos que poseía ¾ pronunciándolos a través de un silbato de hueso que fabriqué diestramente ¾. Me explicaron que profesaban el monoteísmo, que el sacerdocio no estaba aún del todo desprestigiado y que la ley moral les mandaba ser pasablemente buenos. El problema actual parecía consistir en Illi. Descubrí que Illi era un farense con pretensiones de acendrar la fe en los sistemas vasculares («corazones» no sería morfológicamente exacto) y que estaba en camino de conseguirlo.
Me llevaron a un banquete que los distinguidos de 956 le ofrecieron a Illi. Encontré al heresiarca en lo alto de la pirámide (mesa, en Faros) comiendo y predicando. Lo escuchaban con atención, parecían adorarlo, mientras Illi hablaba y hablaba.
Yo no conseguía entender sino pocas palabras. A través de ellas me formé una alta idea de Illi. Repentinamente creí estar viviendo un anacronismo, haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gestaban las religiones definitivas. Me acordé del Rabbi Jesús. También el Rabbi Jesús hablaba, comía y hablaba, mientras los demás lo escuchaban con atención y parecían adorarlo.
Pensé: ¿Y si éste fuera también Jesús? No es novedad la hipótesis de que bien podría el Hijo de Dios pasearse por los planetas convirtiendo a los universales. ¿Por qué iba a dedicarse con exclusividad a la Tierra? Ya no estamos en la era geocéntrica; concedámosle el derecho a cumplir su dura misión en todas partes.
Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. «Qué tremenda tarea», pensé. «Y monótona, además. Lo que falta saber es si los seres reaccionan igualmente en todos lados. ¿Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón..?»
Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante ¡Clavar en un madero al hijo de Dios..!
Los farenses, para mi completa confusión, aumentaban las muestras de su cariño; prosternados (no intentaré describir el aspecto que tenían) adoraban al maestro. De pronto, me pareció que Illi levantaba todas las patas a la vez (y las patas de un farense son diecisiete). Se crispó en el aire y cayó de golpe sobre la punta de la pirámide (la mesa).
Instantáneamente quedó negro y callado; pregunté, y me dijeron que estaba muerto.
Parece que le habían puesto veneno en la comida.
Julio Cortázar
miércoles, 12 de enero de 2011
Medicamentos gratuitos
En el Hospital Posadas hemos recibido en donación aproximadamente cien mil comprimidos de Cyclobenzaprine ClH, cien mil de Citalopram 40mg y otros cien mil de citalopram de 20mg
Buscamos alguien que pueda utilizarlos.
MEDICAMENTOS ONCOLÓGICOS: HAY MUCHA GENTE QUE LOS NECESITA y NO SABE QUE HAY PROVISIÓN DE MEDICAMENTOS GRATUITOS.
DIRECCIONES A DONDE RECURRIR
BANCO DE DROGAS DE CAPITAL
PASEO COLON 568
FUNDALEU
Uriburu 1450 – Tel: 4807-1313
La asistente se llama Gabriela Dr. Milone Director de la Fundación
PARROQUIA SAN PEDRO Y SAN PABLO:
Quintana 2645. Olivos.
Proveen medicamentos oncológicos; días de atención lunes, miércoles y viernes de 9,30 a 12,30,
Tel.4790-2043.
FUNDACION FLEXER
tel. 011-4825-5333
silvia@fundacionfle xer..org
La Fundacion Natali Flexer ubicada en Mansilla 3125 Capital Federal, ayuda a la familia y al niño enfermo de cancer. Muy buena gente, dan apoyo psicológico, orientación legal por el tema de coberturas medicas, remedios, viáticos, salidas para los niños. Tel: 4825-5333
mail: comoayuda@fundacion nflexer.org
FUNDACION ENCUENTRO
TEL/FAX 011-4962-5108
La Fundación Oncológica Encuentro provee gratuitamente Tamoxifeno a enfermas de cáncer de mama carenciadas..
Para ayuda dirigirse a Viamonte 2565, piso 4º B, Ciudad de Buenos Aires o comunicarse al tel/fax 4962-5108
http://www.fundacionencuentro.com.ar
APOSTAR A LA VIDA
TEL 011-4244-5797 SRA. ANA:
http://www.apostara lavida.org.ar
Banco de drogas SRA. LIDIA
011-15-40247753
lidi023@yahoo.com.ar - apostar@dwebsa.com.ar
Los interesados comunicarse con Silvia al 4863-6785
LABORATORIOS GLAXO TEL: 4746 0211
GERENTE OSVALDO GOLA Oswaldo.L.Gola@gmail.com
MEDICAMENTOS GRATUITOS
PARROQUIA SAN CARLOS
TEL: 4981-7752 .
Lunes, miércoles y jueves de 15:00 a17:30 hs.
PARROQUIA SAN SATURNINO
TEL: 4921-9483
Con receta municipal Parroquias de la Vicaría de Flores,
4671-9295. Calle Fernández 253
Emaus: entre otras cosas poseen una farmacia gratuita. Su sede legal esta en Sarandi 1139 (1222) Capital Federal.
Área Km. 21: Provincias Unidas 5995 (1765) Isidro
Casanova
Área San Telmo, 4361-6394
Tel/Fax: 011-4625-0604 . .
Parroquia San Pedro y San Pablo, 4790-2043.
MUTUAL SENTIMIENTO
Farmacia de genéricos, con receta.
Precios muy económicos
Disp. 167/02 Exp.1-2002-3541/ 02-0 Ministerio de Salud de la Nación
Federico Lacroze 4181 3er. Piso Capital Federal, Tel. 4554/5600
.
Buscamos alguien que pueda utilizarlos.
MEDICAMENTOS ONCOLÓGICOS: HAY MUCHA GENTE QUE LOS NECESITA y NO SABE QUE HAY PROVISIÓN DE MEDICAMENTOS GRATUITOS.
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lunes, 3 de enero de 2011
Un Dios desconocido
Por Ernesto Sábato para lamesaredonda.tk
[..]
El tiempo había ido cambiando, había dejado de lloviznar, soplaba un viento fuerte de adentro (decía Bucich) y el frío era cortante. Pero el cielo estaba ahora límpido. A medida que avanzaba hacia el sudoeste la pampa se abría más y más, el paisaje se volvía imponente y el aire parecía más honrado para Martín. Ahora se sentía útil también: tuvieron que cambiar una cubierta, cebaba mate, preparaba el fuego. Y así llegó la primera noche.
[..]
Comieron en silencio, sentados en los cajoncitos. Después de comer, Bucich preparó nuevamente el mate. Y mientras lo tomaban miraba el cielo estrellado, hasta que se animó a confesar lo que hacía rato quería confesar:
-- Te voy a ser sincero, pibe. Me habría gustado ser astrónomo. ¿Qué te extraña?
Pregunta que agregó de puro miedo de hacer el ridículo, porque nada en la cara de Martín podía inducirlo a creer eso.
Martín dijo que no. ¿Por qué habría de extrañarlo?, dijo.
-- Cada noche, cuando viajo, miro las estrellas y digo: ¿quién vivirá en esos mundos? El alemán Mainsa dice que viven millones de personas, que cada una es como la tierra.
Encendió el toscano, aspiró largamente el humo y se quedó meditando.
Después agregó:
-- Mainsa. Me dijo también que los rusos tienen unos inventos bárbaros. De repente estamos aquí, tranquilos comiendo l'asao, mandan una especie de rayo y buenas noches. El rayo de la muerte.
Martín le alcanzó el mate y le preguntó quién era Mainsa.
-- Mi cuñado. El esposo de mi hermana Violeta.
¿Y cómo sabía todas esas cosas?
Bucich chupó el mate, con calma, y luego explicó con orgullo:
-- Hace quince años que es telegrafista en Bahía Blanca. Así que conoce a fondo todo esto de aparatos y rayos. Es alemán y basta.
Luego se callaron, hasta que Bucich se incorporó y dijo: "bueno, pibe, hay que dormir", buscó el porrón de ginebra, tomó un trago, miró el cielo y agregó:
-- Menos mal que por acá no ha llovido. Mañana tendremos que hacer treinta kilómetros en camino e'tierra. Bah, miento: sesenta. Treinta y treinta.
Martín lo miró: ¿camino de tierra?
-- Sí, tenemos que apartarnos un poco, tengo que ver a un amigo en Estación de la Garma. Un ahijao mío está enfermo, está. Le llevo un autito.
Buscó en la cabina; sacó una caja, la abrió y le mostró el regalo, sonriendo con orgullo. Le dio cuerda e intentó hacerlo andar en el suelo.
-- Claro, en la tierra no anda bien. Pero en el piso de madera o de porlan anda fenómeno.
Lo guardó cuidadosamente, mientras Martín lo observaba asombrado.
Galopaban furiosamente hacia la frontera, porque el coronel Pedernera ha dicho: "Esta misma noche debemos estar en tierra boliviana". Detrás se oyen los disparos de la retaguardia. Y aquellos hombres piensan cuántos camaradas y quiénes de los que cubren aquella huida de siete días habrán sido alcanzados por la gente de Oribe.
Hasta que en medio de la noche atraviesan la frontera y pueden derrumbarse y por fin descansar y dormir en paz. Una paz, sin embargo, tan desolada como la que reina en un mundo muerto, en un territorio arrasado por la calamidad, recorrido por silenciosos, lúgubres y hambrientos caranchos.
Y cuando a la mañana siguiente Pedernera da orden de montar y de reiniciar la marcha hacia Potosí, aquellos hombres montan a caballo pero permanecen largo tiempo mirando hacia el sur. Todos (también el coronel Pedernera), ciento setenta y cinco rostros, pensativos y taciturnos hombres y también una mujer, mirando hacia el sur, hacia la tierra que se conoce con el nombre de Provincias Unidas (¡Unidas!) del Sur, hacia la región del mundo en que esos hombres han nacido, y donde quedan sus hijos, sus hermanos, sus mujeres, sus madres. ¿Para siempre?
Todos miran hacia el sur. También el sargento Aparicio Sosa, con su tachito, con aquel corazón apretado contra su pecho, mira hacia allá.
Y también el alférez Celedonio Olmos, que a la edad de diecisiete años se unió a la Legión, junto a su padre y a su hermano, ahora muertos en Quebracho Herrado, para combatir por ideas que se escriben con mayúsculas; palabras que luego van borroneándose y cuyas mayúsculas, antiguas y relucientes torres, se han ido desmoronando por la acción de los años y los hombres.
Hasta que el coronel Pedernera comprende que ya basta, y da la orden de marcha y todos tiran de sus riendas y hacen volver sus cabalgaduras hacia el norte.
Ya se alejan en medio del polvo, en la soledad mineral, en aquella desolada región planetaria. Y pronto no se distinguirán, polvo entre el polvo.
Ya nada queda en la quebrada de aquella Legión, de aquellos míseros restos de la Legión: el eco de sus caballadas se ha apagado; la tierra que desprendieron en su furioso galope ha vuelto a su seno, lenta pero inexorablemente; la carne de Lavalle ha sido arrastrada hacia el sur por las aguas de un río (¿para convertirse en árbol, en planta, en perfume?). Sólo permanecerá el recuerdo brumoso y cada día más impreciso de aquella Legión fantasma. "En las noches de luna --cuenta un viejo indio-- yo también los he visto. Se oyen primero las nazarenas y el relincho de un caballo. Luego aparece, es un caballo muy brioso y lo muenta el general, un blanco como la nieve (así ve el indio al caballo del general). Él lleva un gran sable de caballería y un morrión alto, de granadero." (¡Pobre indio, si el general era un rotoso paisano, con un chambergo de paja sucia y un poncho que ya había olvidado el color simbólico! ¡Si aquel desdichado no tenía ni uniforme de grandero ni morrión, ni nada! ¡Si era un miserable entre miserables!)
Pero es como un sueño: un momento más y en seguida desaparece en la sombra de la noche, cruzando el río hacia los cerros del poniente...
Bucich le mostró el lugar para dormir, en el acoplado, extendió las colchonetas, preparó el despertador, dijo "hay que meterle a las cinco", y luego se alejó unos pasos para orinar. Martín creyó que era su deber hacerlo cerca de su amigo.
El cielo era transparente y duro como un diamante negro. A la luz de las estrellas, la llanura se extendía hacia la inmensidad desconocida. El olor cálido y acre de la orina se mezclaba a los olores del campo. Bucich dijo:
-- Qué grande es nuestro país, pibe...
Y entonces Martín, contemplando la silueta gigantesca del camionero contra aquel cielo estrellado; mientras orinaban juntos, sintió que una paz purísima entraba por primera vez en su alma atormentada.
Otenado el horizonte, mientras se abrochaba, Bucich agregó:
-- Bueno, a dormir, pibe. A las cinco le metemos. Mañana atravesaremos el Colorado.
en IV. Un Dios desconocido, sobre heroes y tumbas, 1961.
[..]
El tiempo había ido cambiando, había dejado de lloviznar, soplaba un viento fuerte de adentro (decía Bucich) y el frío era cortante. Pero el cielo estaba ahora límpido. A medida que avanzaba hacia el sudoeste la pampa se abría más y más, el paisaje se volvía imponente y el aire parecía más honrado para Martín. Ahora se sentía útil también: tuvieron que cambiar una cubierta, cebaba mate, preparaba el fuego. Y así llegó la primera noche.
[..]
Comieron en silencio, sentados en los cajoncitos. Después de comer, Bucich preparó nuevamente el mate. Y mientras lo tomaban miraba el cielo estrellado, hasta que se animó a confesar lo que hacía rato quería confesar:
-- Te voy a ser sincero, pibe. Me habría gustado ser astrónomo. ¿Qué te extraña?
Pregunta que agregó de puro miedo de hacer el ridículo, porque nada en la cara de Martín podía inducirlo a creer eso.
Martín dijo que no. ¿Por qué habría de extrañarlo?, dijo.
-- Cada noche, cuando viajo, miro las estrellas y digo: ¿quién vivirá en esos mundos? El alemán Mainsa dice que viven millones de personas, que cada una es como la tierra.
Encendió el toscano, aspiró largamente el humo y se quedó meditando.
Después agregó:
-- Mainsa. Me dijo también que los rusos tienen unos inventos bárbaros. De repente estamos aquí, tranquilos comiendo l'asao, mandan una especie de rayo y buenas noches. El rayo de la muerte.
Martín le alcanzó el mate y le preguntó quién era Mainsa.
-- Mi cuñado. El esposo de mi hermana Violeta.
¿Y cómo sabía todas esas cosas?
Bucich chupó el mate, con calma, y luego explicó con orgullo:
-- Hace quince años que es telegrafista en Bahía Blanca. Así que conoce a fondo todo esto de aparatos y rayos. Es alemán y basta.
Luego se callaron, hasta que Bucich se incorporó y dijo: "bueno, pibe, hay que dormir", buscó el porrón de ginebra, tomó un trago, miró el cielo y agregó:
-- Menos mal que por acá no ha llovido. Mañana tendremos que hacer treinta kilómetros en camino e'tierra. Bah, miento: sesenta. Treinta y treinta.
Martín lo miró: ¿camino de tierra?
-- Sí, tenemos que apartarnos un poco, tengo que ver a un amigo en Estación de la Garma. Un ahijao mío está enfermo, está. Le llevo un autito.
Buscó en la cabina; sacó una caja, la abrió y le mostró el regalo, sonriendo con orgullo. Le dio cuerda e intentó hacerlo andar en el suelo.
-- Claro, en la tierra no anda bien. Pero en el piso de madera o de porlan anda fenómeno.
Lo guardó cuidadosamente, mientras Martín lo observaba asombrado.
Galopaban furiosamente hacia la frontera, porque el coronel Pedernera ha dicho: "Esta misma noche debemos estar en tierra boliviana". Detrás se oyen los disparos de la retaguardia. Y aquellos hombres piensan cuántos camaradas y quiénes de los que cubren aquella huida de siete días habrán sido alcanzados por la gente de Oribe.
Hasta que en medio de la noche atraviesan la frontera y pueden derrumbarse y por fin descansar y dormir en paz. Una paz, sin embargo, tan desolada como la que reina en un mundo muerto, en un territorio arrasado por la calamidad, recorrido por silenciosos, lúgubres y hambrientos caranchos.
Y cuando a la mañana siguiente Pedernera da orden de montar y de reiniciar la marcha hacia Potosí, aquellos hombres montan a caballo pero permanecen largo tiempo mirando hacia el sur. Todos (también el coronel Pedernera), ciento setenta y cinco rostros, pensativos y taciturnos hombres y también una mujer, mirando hacia el sur, hacia la tierra que se conoce con el nombre de Provincias Unidas (¡Unidas!) del Sur, hacia la región del mundo en que esos hombres han nacido, y donde quedan sus hijos, sus hermanos, sus mujeres, sus madres. ¿Para siempre?
Todos miran hacia el sur. También el sargento Aparicio Sosa, con su tachito, con aquel corazón apretado contra su pecho, mira hacia allá.
Y también el alférez Celedonio Olmos, que a la edad de diecisiete años se unió a la Legión, junto a su padre y a su hermano, ahora muertos en Quebracho Herrado, para combatir por ideas que se escriben con mayúsculas; palabras que luego van borroneándose y cuyas mayúsculas, antiguas y relucientes torres, se han ido desmoronando por la acción de los años y los hombres.
Hasta que el coronel Pedernera comprende que ya basta, y da la orden de marcha y todos tiran de sus riendas y hacen volver sus cabalgaduras hacia el norte.
Ya se alejan en medio del polvo, en la soledad mineral, en aquella desolada región planetaria. Y pronto no se distinguirán, polvo entre el polvo.
Ya nada queda en la quebrada de aquella Legión, de aquellos míseros restos de la Legión: el eco de sus caballadas se ha apagado; la tierra que desprendieron en su furioso galope ha vuelto a su seno, lenta pero inexorablemente; la carne de Lavalle ha sido arrastrada hacia el sur por las aguas de un río (¿para convertirse en árbol, en planta, en perfume?). Sólo permanecerá el recuerdo brumoso y cada día más impreciso de aquella Legión fantasma. "En las noches de luna --cuenta un viejo indio-- yo también los he visto. Se oyen primero las nazarenas y el relincho de un caballo. Luego aparece, es un caballo muy brioso y lo muenta el general, un blanco como la nieve (así ve el indio al caballo del general). Él lleva un gran sable de caballería y un morrión alto, de granadero." (¡Pobre indio, si el general era un rotoso paisano, con un chambergo de paja sucia y un poncho que ya había olvidado el color simbólico! ¡Si aquel desdichado no tenía ni uniforme de grandero ni morrión, ni nada! ¡Si era un miserable entre miserables!)
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