Por Cristina Salán para lamesaredonda.tk
“Cualquiera es capaz de morir” enuncia algo diferente de “Cualquiera muere” y si ese cualquiera eses tú misma todo cambia radicalmente de color.
Fue hace casi más de medio año cuando una llamada de teléfono me despertó a unas horas inusuales. Del otro lado estaba Elena, mi ginecóloga y una de mis mejores amigas.
La situación estaba clara, la enfermedad que me había dejado estéril hacía más de 20 años curiosamente me estaba matando y digo curiosamente porque por aquel entonces, tras someterme a agresivos tratamientos e interminables meses de terapia, el cáncer parecía haber remitido, aunque lo más curioso de todo es que la noticia no me sorprendió.
Con la frialdad de quien baraja las cartas antes de comenzar la partida barajé las opciones posibles, podía pasarme el resto de mis días recorriendo medio mundo de hospital en hospital en busca de respuestas, y vanas esperanzas, o podía dedicar ese tiempo a recorrer el otro medio. Me decliné, en contra de las opiniones y los deseos de mi familia, por la segunda.
Al principio fue sencillo, decidí un destino e hice las maletas como quien se va de vacaciones. Elegí al azar la isla de Corfú, como si el azar me tomase el pelo y me guiase hasta la última parada antes de retornar a Ítaca. La ilusión de conocer la isla eclipsaba por momentos mi estado de ánimo, sin embargo al poco de mi llegada, respirando la suave brisa del Jónico, caí en la cuenta de que estaba buscando lugares que quizás no tenían enclaves geográficos porque ¿cómo conseguir viajar a Comala, a Macondo, a un café de la calle Cherche-Midi, o a un mezquino último piso de un edificio de San Peterburgo?, acaso lo mejor era volver a casa, ¿pero a cuál de ellas?
Rehice rápidamente las maletas, abandoné Corfú y volé a Barcelona, una Barcelona abandonada años atrás, una Barcelona que ansiaba recuperar.
Mi abuela solía decir que la mejor manera de conocer el mundo era recorriéndolo a pie, por eso desde que recuerdo he dado largos paseos por cada una de las ciudades y pueblos en los que he vivido.
En Barcelona era muy sencillo ser una peregrina errante, la ciudad nunca dejaba de sorprenderme, por numerosas que fueran las veces que anduviese el mismo camino, cada vez era la primera vez, una piedra, un resalte, un rayo de sol incidiendo con diferente luz, hacían del paseo un nuevo periplo.
Caminaba despacio, desempolvando de la memoria aquellos cinco años que compartí con la ciudad. Dejé el atestado Barrio Gótico con sus turistas ajenos e impresionados y paseé hacia el Borne. Las calles reflejaban un tono diferente, irreprochablemente nuevos fueron apareciendo iglesias, tiendas, coctelerías y bares. Y tras una esquina, abierto desde 1957, el pequeño café del Born parecía esperarme. Entré a la expectativa de encontrar algo maravilloso y la maravilla me encontró a mí. En aquella cafetería solía matar las horas escribiendo cartas sin remitente. Lo mejor de los lugares atemporales es que siempre parecen los mismos y éste parecía haberse convertido en uno de ellos. Me senté en una de las mesas cercanas a la ventana dispuesta a rememorar aquellas tardes.
Al sentarme inmediatamente me di cuenta de que la mesa estaba ocupada, sobre ella, abandonados, reposaban un café con leche a medio beber y un ya desgastado librillo marrón. Al instante reconocí el cuaderno, aún debía estar guardado en alguna de las cajas del desván. Lo miré extrañada, acaricié sus esquinas despacio, con un dedo, como quien acaricia una valiosa pieza de cristal. Giré la cabeza y, de pie mirándome absorta, la vi.
El espejo del tiempo nos cogió por sorpresa y sin embargo nuestros enormes ojos se reconocieron, pese a que ella no había llegado nunca a conocerme y yo casi la había olvidado.
- ¿Quieres terminar tú el café o te pides otro?- fue lo primero que me dijo.
- ¿Sabes? Es malo beber tanto café, tomaré un agua con gas.
- ¿No me digas que te volviste una de esas mujercitas saludables y escuchas a los médicos?- soltó a medio camino entre la sorpresa y la carcajada.
- Los médicos dicen muchas cosas, además nuestras mejores amigas son doctoras, ¿no?- le repliqué como pude mientras las ganas de salir corriendo iban asomándose, ganas de gritar, de abrazarla, de hablarle, como si ella pudiese ayudarme, o ayudarnos, o como si solamente ella tuviese un papel en el guión y yo fuera a convertirme en una anacrónica espectadora de su vida.
Estaba inquieta, sin dejar de moverse y jugando con las manos, ora con el resto de un azucarillo, ora con la cucharilla del café, me pidió un cigarro.
- Pero si nunca has fumado, Cris – me sorprendí.
- Ya lo sé, pero no sé qué decirte y además… el momento merece una excepción ¿no crees?, bueno y ¿cómo va todo?, ¿cómo estás?, pareces triste, cansada o aturdida.
- Más bien una mezcla, ha sido este encuentro inesperado, la vuelta a Barcelona, la sensación de exiliada…
- ¿Vuelta, dices?, ¿De dónde?, ¿Cuándo?
- La vida es tan larga y además ya sabes que…
- Pero - me interrumpió de repente- ¿cuántos años tienes?, ¿cincuenta?, no, siempre hemos aparentado más jóvenes, ¿cincuenta y cinco quizás?
No quise contestar, me quedé en silencio, mirándola más de quince minutos, nos gustaban los silencios, esos silencios buscados, inevitables, necesarios. Mientras la contemplaba, la desesperación iba creciendo ¿qué hacer?, ¿hablaba con ella o la abandonaba al futuro? ¿Le advertía de las noches sin dormir, del dolor, de los hijos que nunca llenarían la casa, de la muerte cercana?, pero también podía hablarle de lo feliz que sería, que pese a la adversidad viviría intensamente y conseguiría tantas cosas…
- No te preocupes, al principio cuesta, sólo tienes 25 años pero llegarás a hacerlo.
- ¿Hacer qué?
- Es tarde, son casi las siete y debo… – mentí- además no creo que quieras saber nada.
- Es cierto no quiero que digas más. Aparte yo también debo irme, a unas clases en el Ateneu, hoy hablaremos de Borges, ¿recuerdas?
- Como si hubiese sido ayer- volví a mentir, aunque un ligero recuerdo de los Borges se asomaba en mi memoria.
- Bueno, pues gracias por regresar.
- Gracias a ti y por cierto tengo, tienes, tenemos, cincuenta y siete años.
Nos despedimos tranquilas, al igual que personajes de un mismo libro protagonizando capítulos diferentes, conscientes de que nuestras páginas nunca volverían a cruzarse, susurrando un adiós marcado por esa ávida sensación de la pérdida.
Acabo de despertarme, ahora mi movilidad está reducida a escasos minutos de tregua que me regalan las piernas en interminables y dolorosos paseos entre la cama y el cuarto de baño. Anoche volví a soñar con nuestro encuentro, con ella sentada en un pozo en el medio de un jardín, ella mirándome desde lejos y pidiéndome, exigiéndome explicaciones.
Esta espera se me hace insoportable, condenada a una vigilia caduca, espero que el último recuerdo que cruce mi mente antes de irme sea aquella imagen mía a los 25 años, imagen fresca, imagen sana, imagen esperanzadora, sin haber sufrido aún la traición de los dioses, esos mimos dioses que un día abandonaron a Antonio, a su suerte, en Alejandría.
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